Según la RAE:
Empresario, ria.
Artículo de empresa y -ario
- m. y f. Persona que invierte y que organiza y gestiona medios materiales, humanos y tecnológicos con el propósito de ofrecer a la sociedad bienes o servicios, obteniendo a cambio un rendimiento económico.
Sinónimos o afines de <<empresario, ria>>
- Dueño, propietario, jefe, capitalista, titular.
Funcionario, ria.
Artículo de funcionar
- m. y f. Persona que desempeña profesionalmente un empleo público.
- m. y f. Arg., Ec. y Ur. Empleado jerárquico particularmente el estatal.
Estas son las definiciones textuales de la Real Academia de la Lengua sobre empresario y funcionario.
Es curioso que en los sinónimos de la palabra empresario no aparece la palabra emprendedor por ningún lado. Pues una persona emprendedora según la RAE, es alguien que emprende con resolución acciones o empresas innovadoras.
No estoy para nada de acuerdo en parte de la definición. Pues una persona emprendedora es mucho más que eso.
A mi modo de ver las cosas y desde mi experiencia como emprendedor y empresario, las diferencias son mínimas. Si te fijas en la definición de la RAE, un empresario es alguien que invierte con el propósito de ofrecer bienes y servicios a cambio de un beneficio.
Un empresario no solo gana dinero con su actividad. Puede perderlo también, los datos están ahí. La mayoría de empresas que se crean en España apenas duran un año. La que supera ese año, no pasa de los primeros cinco.
Por eso mismo mucha gente (y muchos funcionarios) tienen una visión errónea y que roza el odio hacia los empresarios. Solamente tienes que ver debates en programas televisivos entre empresarios y particulares sobre vivienda, por poner un ejemplo.
¿Cuántas veces has escuchado que los empresarios son malas personas? Pues debido a su actividad empresarial, explotan a unos y a otros, pisan a quien sea para obtener su beneficio.
Querido. Querida. Si eres un funcionario despierto entenderás a la perfección todo esto que escribo. Sin embargo, si estás más dormido que un Monito del Monte en un invierno austral, estas palabras te resultarán ofensivas y repugnantes.
Te adelanto que gracias a los empresarios; emprendedores, tú puedes seguir siendo funcionario hasta que quieras o hasta que se te acabe el chollo. Que se te acabará tarde o temprano. Es cuestión de tiempo.
Te voy a explicar una historia como hago siempre.
Mi experiencia personal cabalgando entre dos mundos. El funcionariado y el emprendimiento.
Atiende.
Todo empieza en los años noventa cuando tenía ocho años. Estaba en tercero de EGB, una maravilla de educación primaria que se petaron los gobernantes de este país y que ya no existe.
Recuerdo perfectamente lo feliz que me hacía mi primera empresa. La formábamos informalmente mi vecino (y amigo), mi hermano pequeño y yo.
Mi amigo era una auténtica máquina. Un tipo sobresaliente en el ámbito intelectual. Un genio creativo de manual que con el tiempo se fue perdiendo hasta que desapareció del todo. Los porros y las malas compañías tienen eso.
Este tipo sobresaliente dibujaba una cosa bárbara. Tenía una habilidad especial para el dibujo. Impresionante. Él tenía un año más que yo. Nuestras referencias en aquella época eran las series de dibujo japonesas. Campeones, Bola de Dragón, el Dr. Slump… entre otros.
Dibujos punteros en los noventa que muchos llegaron a la televisión pública catalana para marcar nuestra infancia y también adolescencia.
Disfrutábamos viendo a Son Goku, Mutenroi y Piccolo. En catalán, Goku a secas, Fullet Tortuga y Satanàs Cor Petit.
Pasábamos horas dibujando a nuestros personajes favoritos. Mi hermano es tres años menor que yo, así que simplemente pintaba los dibujos que mi amigo y yo creábamos. A duras penas pintaba sin salirse de la raya…
Llegó un punto en el que le planteé a mi amigo el artista, crear personajes nuevos, basados en nuestros personajes favoritos pero con nuestro toque personal. Así podríamos crear historias nuevas (y propias)
Nos pusimos manos a la obra.
Mi función era crear los personajes, las historias y los diálogos. También era el ayudante del dibujante principal (mi amigo el artista). Mi hermano, que siempre estaba ahí con nosotros “molestando”, le asigné la tarea de pintar los dibujos.
Cogíamos DIN A4 y los colocábamos en horizontal. Grapábamos varias hojas por la mitad, creando una especie de cuadernillos, parecido a las revistas y cómics actuales, pero en tamaño pequeño.
Mientras mi amigo dibujaba las historias yo rellenaba los diálogos. Mi hermanos pintaba los dibujos y posteriormente, yo los repasaba para que quedaran perfectos. Siempre he tenido el TOC de la perfección.
Una vez acabado, nos pasábamos horas leyendo e imaginando. Disfrutando como niños, vaya. Cada semana, uno de nosotros se llevaba el cómic que habíamos creado al colegio. Verdaderamente, estábamos muy obsesionados con estos dibujos, hasta tal punto de crear nuestro propio cómic y llevarlo a todas horas al colegio.
La semana que me tocó el cómic a mí, recuerdo en la hora del patio a mis compañeros leyendo sus flamantes cómics originales recién sacados del quiosco.
La verdad es que nosotros no solo creábamos nuestros propios cómics por puro fanatismo, también lo hacíamos por cuestiones económicas. Nuestras familias eran bastante humildes. Nuestros padres no podían comprarnos cada semana el cómic de turno.
Mientras mis compañeros estaban ensimismados en su mundo con sus cómics, yo leía todo orgulloso nuestra creación. El cómic artesano estaba rebentado. Pues mi amigo ya se lo había llevado una semana a su casa. Mi hermano también y éste era un destructor de cosas. Cuando me tocó a mí, estaba manoseado por todos lados, arrugado, páginas rotas, incluso con manchas de aceite del bocadillo.
Aún así, yo estaba feliz de leer una y otra vez la misma historia. Pues era nuestro propio cómic.
Una mañana de recreo como cualquier otra, uno de mis compañeros más pudientes, se percató de mi falta de interés hacia sus cómics. Pues cuando sacaba del pupitre los cómics, el resto de compañeros se acercaban a él, como hienas a carroña en la sábana africana.
Me miró con ciertos aires de superioridad y me preguntó porqué no iba como el resto a leer el cómic. Le dije que yo tenía el mío propio. Me lo pidió, se lo presté y de pronto todos los compañeros pasaron del cómic de Planeta de Agostini para centrar todo su interés en mi cómic handmade.
En pocos días, mi cómic pasó a ser trending. Los de Planeta de Agostini de mi compañero pudiente, dejaron de ser un reclamo de atención. Mi compañero y su mayor aliado y siervo, otro compañero de clase, no lo encajaron bien y empezaron hacer campaña de difamación contra mi cómic y contra mí.
Pasaban las semanas y nuestra empresa seguía en plena producción. Lo que más pedíamos a nuestros padres, era papel, lápiz, goma de borrar y colores. No queríamos videojuegos. Tampoco ropa de marca. Solamente papel Galgo, lápiz Staedler, goma Milán y colores Alpino.
Cada vez éramos más productivos. Pues teníamos todas las tardes y todos los fines de semana para imaginar, crear y producir. Con el tiempo y la práctica, perfeccionamos la técnica y eso se veía reflejado en el resultado. Seguimos con el pacto de socios. Cada semana, uno de nosotros se quedaba con en el cómic.
Gracias a la mejora en la calidad, mejoramos la cantidad de cómics. En clase, algunos compañeros empezaron a hacerme encargos. El compañero pijo y su siervo, rabiaban como nunca. No soportaban dejar de ser el centro de atención. Por eso me acusaron de que yo no había hecho los cómics.
Trasladé a mis socios la idea de producir cómics para mis compañeros interesados en ellos. La idea sería crear un cómic nuevo cada semana y copiarlo una y otra vez hasta tener las unidades necesarias para cubrir los pedidos.
Ellos aceptaron.
Era un curro de la hostia. Pues crear uno solo ya era tedioso, crear varios… ni te imaginas. Aún así, asumimos el reto y el riesgo asociado. Al final, ¿Qué íbamos a perder? ¿Nuestro tiempo libre? ¡Éramos niños!
A partir de ese momento, la empresa ya era algo más seria. No solamente invertimos en I+D o en marketing, sino que a partir de ahora, tendríamos departamento de costes, de ventas, de postventa, incluso inversores.
Empezamos a pedir más material a nuestros padres. No estaban muy de acuerdo, pues consumíamos bastantes recursos cada mes y era un gasto extra para sus frágiles economías. No obstante, como era “material escolar” y no eran videojuegos y cosas superfluas, iban aceptando.
Primer paso conseguido. Inversores que siguen enchufando dinero para nuestra start up de creación de contenido físico.
El siguiente paso era producir el máximo de cómics, con la mayor calidad posible, en los plazos que nuestros clientes potenciales nos pedían, a un coste similar al de los cómics de gran tirada que se vendían en quioscos y papelerías.
Al principio, con mucho esfuerzo y bastante ingenio, la cosa funcionaba relativamente bien. Teníamos menos tiempo para jugar a la videoconsola, menos tiempo para jugar a fútbol y más cosas de niño. Eso sí, no perdonábamos nuestros capítulos de las series favoritas, pues eran no solo entretenimiento, sino que también fuente de inspiración.
Llegó el primer cómic para la venta. Les enseñé la demo a mis compañeros. Les gustó y me encargaron varias unidades. Unas tres unidades si no recuerdo mal. Las producimos en dos semanas. Las entregamos y las cobramos. Vendimos cada uno por unas trescientas pesetas aproximadamente.
Cuando volvíamos a juntarnos mi hermano y yo con mi amigo, nos repartíamos a partes iguales el importe de las ventas. Pues si vendimos la primera vez tres unidades a trescientas pesetas, obtuvimos unos ingresos de novecientas pesetas. Trescientas para cada uno. Algo menos de dos euros.
Para nosotros era un pastón, pues, en aquellos tiempos, nuestros padres no nos daban paga semanal. Nuestra abuela cada vez que íbamos a su casa a verla, nos daba veinte duros (cien pesetas) menos de un euro. Con eso, teníamos para toda la semana chucherías y alguna partida en los recreativos.
Trescientas pesetas a la semana por la venta de cómics, sería nuestro despegue hacia una vida de rico. Siempre me gustaron los dineritos. Y los negocios. Una forma legal de hacerse millonario.
En casa había ciertas carencias y mucha escasez. Ese dinero, permitiría comprarme unas zapatillas Nike y un chándal Adidas. Así podría vestir como el resto de compañeros y dejar de sentir vergüenza diariamente por vestir zapatillas de la marca Aiwa y chándal “Adibas” del mercadillo de los jueves.
Toda empresa por pequeña que sea (y familiar) debe partir de una sólida estructura para que la cosa funcione bien y sobre todo, dure en el tiempo. No tuvimos en cuenta este tipo de cosas.
Cada vez teníamos más pedidos. Cada vez necesitábamos más material. Cada vez disponíamos de menos tiempo (y ganas) para proyectar, crear, producir y vender. La fuente de ideas para crear nuevas historias era finita. Ya no tenía la imaginación suficiente como para crear, crear y seguir creando. Al final, solo tenía ocho años y no era un elegido.
Un día mis padres hablaron con los padres de mi amigo y vecino, sobre el asunto de la compra de tanto papel, lápices y colores. Nosotros producíamos los cómics en casa de mi vecino, pues su padre trabajaba todo el día y su madre era una mujer muy moderna para la época. No se cuestionaba ciertas cosas y tampoco nos cuestionaba a nosotros por estar todas las tardes dibujando. Lo veía algo de lo más normal.
Dibujábamos allí para no despertar dudas a padre. Él siempre ha sido un buen tipo. Con mucho carácter, pero buen tipo. Solo tengo palabras buenas para él. No obstante, se crió en un entorno complejo. Eso repercutió en nuestra educación, pues era lo más parecido a realizar el servicio militar.
Para él, pasar la tarde dibujando y pintando sería desaprovechar el tiempo. Prefería que estuviéramos “sobre estudiando” lo ya estudiado o incluso trabajando en cosas de casa. Parecía como si no quisiera que lo pasaramos bien, que estuviéramos felices.
De adultos entendimos todo. No viene a cuento ahora detallar todo eso.
A partir de esa reunión informal entre padres, se destapó nuestra actividad empresarial. Tuvimos que confesar. Tuvimos que decirle a los inversores que su dinero iba destinado a la compra de material, para producir cómics, venderlos y sacarnos una pasta.
La idea (cosa que ya sabía) a mis padres no les hizo mucha gracia. Para ellos, vender cómics era lo más cercano y parecido a que tres tipos con una media en la cabeza, entren con pistolas de agua en el banco del Monopoly a robar todo el dinero falso del juego.
Así que nos cortaron el grifo. Cuando se acabó el material que nos quedaba; papel, colores y etcétera, tuvimos que hacer persianazo. Los clientes se enfadaron. Pero no podíamos durar mucho más. Incluso si nuestros padres nos seguían dando soporte económico para comprar material.
La empresa infantil duró varios meses. Un trimestre diría yo.
La experiencia fue buena. Nos entretuvimos mucho, desarrollamos capacidades artísticas y creativas como nunca. Además, ganamos dinero con ello. Bueno, en realidad perdimos mucho dinero, pero como no computábamos nuestras horas y el dinero del material no era nuestro, parecía que todo lo que ingresábamos era limpio. Tampoco declarábamos nada a hacienda y la seguridad social la teníamos cubierta sin pagar, pues es universal en España.
Esa fue mi primera experiencia empresarial. Fue mi primer emprendimiento. Lo recuerdo al detalle.
Desde ese momento, seguí emprendiendo pero de puertas hacia adentro. Seguí creando proyectos empresariales. Los dejaba por escrito y los guardaba en un disquete de 3 ½. Nunca vieron la luz. Nunca los pude recuperar cuando desapareció aquella sensacional tecnología de los Pentium 100 y los disquete de plástico malo.
En 2008 volví a emprender. Ya era funcionario para aquél entonces. Tenía muy poca experiencia pero muchas ganas. Ya había estudiado bastantes cosas y mi vocación era la construcción. O eso creía para entonces.
Creé una empresa de arquitectura y construcción con un socio y compañero de trabajo también funcionario. Él, bastante mayor que yo. También con menos experiencia que yo, pero, mi pasión a la hora de explicar mis proyectos y mis ideas, lo hechizaron y se tiró a la piscina conmigo sin dudarlo demasiado.
Éramos grandes amigos. También fuimos grandes socios por un tiempo. Hacíamos obras y proyectos. La cosa funcionaba bien.
Me hace feliz recordar con qué ilusión creé el logo. El nombre que se me ocurrió para la empresa. Pues tengo que decir (egos a parte) que toda esa parte fue cosa mía. Me encanta (a día de hoy también) crear logotipos, poner nombres a empresas y dar sentido a un negocio y lo que rodea a éste.
Por circunstancias varias decidí vender mis participaciones a mi socio, por un módico precio de tres mil euros. Una auténtica miseria para lo que se venía años más tarde.
Él aceptó mi salida sin estar demasiado de acuerdo. En realidad, yo era la esencia y punch de esa empresa. Nuestra última reunión, la llevamos a cabo en un famoso restaurante de tipo wok, que en aquella época aparecían como setas en un bosque durante la estación de otoño.
Seguí en contacto con él. Se vió obligado a meter a un socio para poder llevar todo el trabajo a cabo, pues él solo no podía. Eso ya lo sabía yo previamente. Ese fue uno de los motivos por los cuales decidí abandonar.
Con el tiempo perdimos el contacto, pero me constaba que la cosa iba de mal en peor. No obstante, mi ex socio tomó una buena decisión. Cuando su nuevo socio lo dejó tirado, se vió atrapado en una situación compleja, tanto familiar como empresarial. Decidió vender la sociedad a una constructora que en aquél entonces crecía sostenidamente por hacer las cosas bien.
Años después pasó algo curioso. Muy curioso diría yo. Me dedicaba en exclusiva al sector público como funcionario A2. Me tocó formar parte del tribunal en una licitación de una obra de rehabilitación. Una importante obra con un presupuesto que superaba los cuatrocientos mil euros. En esa licitación, la empresa adjudicataria de las obras fue la empresa que en 2008 había creado junto a mi ex socio.
Cuando el tribunal abrió los sobres para valorar las propuestas presentadas y tras realizar los cálculos de la puntuación de la licitación y, la presidenta del tribunal dijo el nombre de la empresa ganadora del concurso, me quedé flipando.
Pasaron los meses. Se iniciaron las obras y me tocó dirigir las mismas. Conocí al actual propietario de mi ex empresa. No era mi ex socio. Eso no me sorprendió. Mi ex socio nunca hubiera podido llevar esa empresa él solo al lugar que se merecía. Pero el nuevo propietario lo estaba haciendo.
Le expliqué en una de las reuniones que mantuvimos, que la empresa la creé yo. Que ese logo que lucía el rótulo de la obra lo diseñé yo. El nombre de su nueva empresa, lo inventé yo.
Se quedó bastante sorprendido, pues mi ex socio nunca le habló de mí. Nunca le mencionó nada sobre mi influencia en esa empresa. Vamos, que se marcó el pistacho y le diría que él solito había tirado adelante el proyecto desde cero.
Así somos las personas. El mérito gusta. El reconocimiento también.
Años después de finalizar aquella obra por parte de la empresa que creé y fundé en 2008, recibí un mensaje de WhatsApp. Al abrirlo, comprobé que era una invitación personal del gerente y propietario de mi ex empresa. Me invitaba a un acto donde se celebraba la construcción de las nuevas oficinas centrales y el crecimiento de la sociedad.
Esta empresa está facturando bastantes millones de euros. Todavía no es una referencia nacional en el sector de la construcción, pero estoy seguro que si no pasa nada extraño y este joven emprendedor sigue con los bemoles bien gordos como hasta ahora, haciendo las cosas bien, asumiendo riesgos y tomando buenas decisiones, en unos años escucharé sobre esta empresa en los medios. La empresa que con tanto amor y pasión fundé a principios del siglo XXI, siendo un chaval de apenas veintiséis años y con apenas mil seiscientos euros.
Después de haberte metido la chapa, quiero que veas a los empresarios de forma diferente.
Pues como ves, yo he sido emprendedor antes que funcionario. Luego he sido funcionario muchos años siendo a la vez emprendedor y ahora, que únicamente soy emprendedor, no me arrepiento de haber dejado la administración por el mundo de los negocios.
Cuando nos imaginamos a un empresario, nos viene a la cabeza Donald Trump, Amancio Ortega o Juan Roig de Mercadona. Pero eso está muy alejado de la realidad.
Esas personas son multimillonarios. Son inversores y gestores patrimoniales, socios fundadores de multinacionales de reputación incuestionable.
Pero también son empresarios Manolo, el charcutero del local de debajo de tu edificio. Paqui la churrera del parque de al lado de tu casa. Rosa, la propietaria de la start up relacionada con el reciclaje de residuos. También lo es Jesi, la influencer de Instagram que habla sobre productos cosméticos, o Javier, el dueño de la nave de logística que trabaja para Amazon España.
Sin toda esta gente, tu razón de ser de funcionario no sería posible. Y no me vengas con los rollos raros comunistas y relatos de mierda a los que estoy ya acostumbrado (y también harto) de escuchar cada día.
Me repatea “muy” mucho, tener que escuchar comentarios del tipo: ¿Para que te haces emprendedor si ya eres funcionario? ¡Tenemos que evitar que el sector público acabe privatizado! Y cosas de este estilo.
En ocasiones, la Comunidad que formamos de Funcionario Presente en LinkedIn, publica posts que me dejan atónito. También muchos de los comentarios de dichas publicaciones.
Por ejemplo, un día leí una publicación de una compañera funcionaria, que hablaba sobre los valores del sector público. Que habría que potenciarlos, que habría que adquirir más competencias, etc. Y claro está, con estos titulares, poca gente puede no estar de acuerdo con ello.
Se me ocurrió la genial idea de comentar. Decir algo así como que el sector público debería parecerse más a una empresa en cuanto la gestión de recursos se refiere.
Se me tiraron a la yugular muchas personas con comentarios hate. También por suerte, muchas otras personas (también funcionarias) estaban de acuerdo en mi reflexión.
Una persona dijo que si se privatiza el sector público estaríamos perdidos, refiriéndose a Ayuso en Madrid, respecto a la privatización del sector sanitario.
Para nada estoy a favor de privatizar el sector público. Simplemente, existen contextos que solo pueden ser gestionados y llevados a cabo por el sector público y con capital público. No obstante, la administración sí puede gestionarse como una empresa.
Pero claro, eso implica muchas cosas las cuales no voy a entrar en detalle aquí, pues es complejo y requiere de una reflexión mucho más profunda.
Aún así, me voy a mojar en algo. El funcionario que se resiste a formar parte de una administración pública gestionada como una empresa privada, no se resiste al cambio. Sencillamente no está dispuesta a trabajar con calidad y dedicación, por el mismo salario y condiciones laborales actuales. Así de simple.
Teniendo en cuenta que el sector público es muy amplio y con muchas casuísticas, por lo general, todos los colectivos del sector público, tienen en común buenas condiciones laborales y derechos sociales, así como salarios relativamente decentes. Lo que pasa es que miles y miles de funcionarios se columpian una barbaridad y hacen mucho menos de lo que hacen, queriendo mantener el mismo estatus.
Si las cosas cambiaran, podría ser que se debiera dar más el callo por los mismos derechos, condiciones y salario. Estamos tan acostumbrados a trabajar menos por más, que pasar a trabajar más por lo mismo nos hace explotar la cabeza.
Bien, si no quieres que se produzca el cambio, tampoco demonicemos al empresario. Insisto, tú razón de ser funcionario radica en el sector productivo. Es decir, en el sector privado.
Existen datos alarmantes sobre el tejido productivo español. De esto ya he hablado en uno de los correos de la newsletter gratuita de Funcionario Presente.
Aproximadamente, el 37% de la masa productiva del país, es decir, los que generan riqueza, sostiene al escalofriante 63% restante. Tú, funcionario, ¿en qué lugar crees que estás? Efectivamente, en el 63% restante. Debería horrorizarte que cada vez haya menos autónomos. Te debería producir taquicardia que cada vez más emprendedores, decidan emprender en otros países. Debería acojonarte que cada vez haya más pensionistas de toda índole en este país, más desempleados y más personas que dependan de una ayuda mínima vital.
Debería ponerte los vellos de punta que cada vez emigre más talento nacional hacia economías más sólidas y que cubramos dichas bajas con inmigración low cost de contextos totalmente contrapuestos a nuestra realidad. Esto no es racismo ni “fachosfera” socialista, es una bofetada de sentido común, pues quién gana con todo esto no es el país, son los políticos. Es el sistema, es la mal llamada élite. Son aquellos a quien verdaderamente deberías odiar, no a los empresarios. No a los emprendedores. No a los autónomos. No a los youtubers que huyen en éxodo hacia una vida mejor.
Atiende a este dato.
Éstas pasadas navidades, mientras comíamos turrones y polvorones, entre copa de cava y chupito de licor, salió el tema de la economía familiar y lo difícil y caro que es todo.
En aquel momento, en la mesa estábamos sentados un bebé de dos años, seis adultos, cinco de ellos en edad laboral y en pleno rendimiento, uno de ellos siempre fue ama de casa y nunca trabajó fuera de casa. La otra persona, una pensionista de noventa años.
Puse encima de la mesa el tema de las pensiones. Los pensionistas, hoy por hoy, en términos generales, es el colectivo que mayor poder adquisitivo está acumulando, en detrimento de sus hijos y nietos, que cada vez son más pobres y poseen menos capacidad de ahorro.
Los jóvenes, por lo general, somos los más vulnerables frente a la situación geopolítica, social y financiera que estamos viviendo y nos queda todavía (desgraciadamente) por vivir.
Les pedí que me dijeran cuánto pagaban de IRPF, Contingencias Comunes y MEI de la nómina mensual. Una cifra aproximada, no debía ser exacta para el ejemplo que quería poner. Con salarios medios o algo por encima del salario medio español, salió una cifra cercana a los 500 euros más o menos por persona.
El resultado fue qué, cinco personas, aportábamos unos dos mil quinientos euros a las arcas públicas. Luego le pregunté a la persona de noventa años, cuánto cobraba de pensión. Me dijo que alrededor de dos mil euros netos, una vez abonado el correspondiente IRPF (en las pensiones suele ser bajo).
En definitiva, casi cinco personas en edad laboral y activamente trabajando, contribuimos a una pensión media en España. Además, añadir que dos de los salarios de esa mesa, son públicos. Eso hace que la media de contribuyentes sea mayor para cubrir únicamente la pensión media de una persona mayor.
Si aplicamos esto en cada hogar de España, te aseguro que no salen los números.
Para que me vengan los funcionarios no despiertos (y los despiertos obtusos también) a decir que los empresarios son el demonio o no es necesario ser emprendedor si ya se es funcionario.
Mira.
He estado muchos años como funcionario y como emprendedor. Como diría mi abuelo, lo comido por lo servido. Y a mucha honra.
He pagado durante muchos años dos seguridades sociales (como autónomo y cómo funcionario). He pagado también todo ese tiempo dos IRPF. Como autónomo y cómo funcionario también. Como funcionario, una media de 20% mensual. Como autónomo, una media de 28%, que juntos, representa un 48%. Es decir, por cada 1.000,00 euros que he ingresado, más de 700,00 euros entre IRPF y seguridad social, retenciones y renta se me han ido porqué sí. Aquí no cuento IVA, otros impuestos, tasas, etc.
Además de todo eso, aunque haya contribuido doble, recibo simple, como si no aportara el doble. Además y para más INRI a nivel de cotización a la seguridad social, en mi vida laboral solamente consta X años trabajados. No importa si he pagado tres veces más u ocho veces más por ser pluriempleado. Solo cuenta el año de cotización y punto. Es decir, tú eres funcionario. Cada año que cotizas representa 1:1 para tu jubilación. En mi caso, he aportado x2 y x3, pero representa igualmente 1:1 y para mi jubilación computa como tú.
¿Muy justo verdad?
Espero que a estas alturas, estés mirando a los emprendedores y empresarios nobles de este país diferente.
¿Por qué sabes?
Tu labor cómo funcionario no es de producir, es de dar un servicio. Y los servicios públicos siempre van a pérdidas. Por eso son públicos, porque existe una fuente infinita de dinero que de momento (y falsamente) sostiene toda la estructura. Es como construir un edificio de hormigón sobre pilares de barro. En un momento u otro, acabará colapsando.
Por este y otros motivos, querido funcionario, no debes odiar al emprendedor. Más bien todo lo contrario. Y si no eres de esos que odias pero tampoco te pronuncias, eres cómplice de la decadencia del sector productivo. Debes apoyar al sector productivo.
Los empresarios no explotamos a nadie. Nos ajustamos al derecho existente en las leyes de este país. Si bien es cierto que en la viña del señor hay de todo, la explotación se abolió hace años y si quedan reductos de resistencia no es lo común, es lo extraordinario. Una rareza.
Ya para acabar, una metáfora que me acabo de inventar para resumir todo el post.
“Ser funcionario no te da para comer, te da para un piscolabis”.
De funcionario a empresario.
Hasta que te vuelva a escribir, sé feliz.

