La gente ya no se queja

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Hace apenas un par de meses, nos despedimos por última vez de mi iaia (yaya; abuela en catalán). La última de mis cuatro abuelos. Es duro perder en menos de cinco años a los cuatro. Todos ellos por diferentes causas. 


La iaia Fina murió en casa. Acompañada de hijos, yernos, nueras, sobrinos y nietos. Todos juntos, “arropándola” y queriéndola hasta el suspiro largo y profundo previo al sueño definitivo. 


Lo hizo tranquila. Sin sufrir nada. Con 94 maravillosos años. Activa como siempre hasta las últimas semanas. Un día su corazón empezó a fallar anunciando que pronto era la hora de irse. 


Estirada en su cama hospitalaria, en su dormitorio de toda una vida. En la casa familiar que me vió crecer tanto a mí, como al resto de mis primos que iban llegando año tras año, otorgándole el título honorable de primo mayor. 


Recuerdos increíbles, dulces y amargos que retendré siempre que me lo permita la memoria. 


El post de hoy no es sólo para homenajear a la iaia Fina. Qué también. Es para reflexionar sobre los tiempos cambiantes en los que vivimos. 


Aprovechando la imagen de la entradilla, una foto hecha con mi Iphone sobre el recorte original de una página de la revista Tiempo de Hoy del 11 de noviembre de 1985, en la que aparece un señor corpulento y con gafas voluminosas típicas de los años ochenta. Mi avi (abuelo en catalán), el marido de mi iaia Fina.


Mi avi siempre fue un fiel luchador a favor de la causa obrera. Un defensor de los derechos laborales y sociales. Un tipo curtido, nacido y criado en una familia humilde pero con orígenes en la burguesía catalana, venida a menos por diferentes causas que ahora mismo no toca explicar.


Joan se llamaba. Todo y ser un tipo más duro que el alcoyano; 1,85 cm de altura y más de 100 kg, que siempre trabajó en la construcción, un cáncer agresivo en la cabeza acabó doblegando su moral, apagando rápidamente su luz y consumiendo a marchas forzadas su tamaño, hasta reducirlo a la mitad de lo que siempre había sido.


Un hombre de los de antes. Un defensor de la seva llengua materna, de la seva terra, del país que un día tuvo que defender mientras estaba en la “mili” en Sidi Ifni (norte de África), que incluso llegó a comer pieles de naranja recogidas de los contenedores de basura para no pasar hambre. 


El avi Joan me enseñó muchas cosas. De pequeño siempre estaba con él. Me llevaba al fútbol. El deporte que más amaba. Cuando tuve la edad legal para trabajar, me contrató como peón de la construcción en sus obras mientras estudiaba. 


Estudié arquitectura técnica y edificación por él. Mi primer plano, lo dibujé a mano alzada con 7 años. Me pidió que le hiciera los planos de mi casa. Un maestro de obra ya extintos. Me transmitía valores, me hablaba de sus ideales y sobre todo me decía que en esta vida hay que quejarse y actuar cuando las cosas se ponen feas.

Pero la gente ya no se queja. No al menos como se hacía antes. La foto de la entradilla, en la que aparece mi abuelo con el puño cerrado y el brazo derecho alzado, tiene cuarenta años. Está tomada por un periodista en el centro de Madrid, en las oficinas centrales del sindicato CCOO. No tenía ni idea que mi abuelo formara parte de un sindicato. Menos todavía de uno de los más deleznables que existen, en mi opinión y experiencia por más de 20 años rodeado de éstos y otros en la Administración Pública.


Mi abuelo se desplazó de Barcelona a Madrid, únicamente para manifestarse a favor del cambio en la dirección general del sindicato. Al parecer, los que mandaban en ese momento no estaban por la labor de defender los puestos de trabajo afectados por la crisis económica, industrial y social de los años 80, que mantuvo en jaque a España, mediante manifestaciones masivas, huelgas y conflictos laborales de primer nivel. 


La reconversión industrial dejó una gran herida en los años 80. Para quien no lo recuerde o no hubiera nacido todavía, en aquella época, el presidente de España era el socialista Felipe González del PSOE. En ese momento de la historia moderna del país, el estado impulsó un proceso de cierre de industrias “ineficientes”, reducción de plantillas en las empresas y adaptar la economía española al mercado europeo y a la futura CEE.


Estos cambios afectaron a los sectores siderúrgicos, a los astilleros, la minería, la metalurgia, el sector naval, el sector textil… entre otros. El sector de la construcción desde los años 50 fue un motor económico brutal, pues se construyeron miles y miles de viviendas en todo el país. Como es bien sabido, el sector de la construcción depende de otros sectores industriales que, si éstos se ven afectados, la construcción se ve arrastrada. Mi abuelo construyó varios edificios en la ciudad que vivió toda su vida. En esos tiempos convulsos, decidió cerrar la empresa y continuar en el sector como empleado. Jefe de obra. 


Las zonas más afectadas por estas propuestas estatales fueron las comunidades más industrializadas del momento: Euskadi, Asturias, Galicia, Andalucía, Comunitat Valenciana y la Barcelona industrial. Las consecuencias sociales fueron decenas de miles de despidos, ciudades enteras sin alternativa económica, manifestaciones masivas, huelgas durísimas y disturbios por doquier. 


Incluso el paro llegó a superar la friolera cifra del 20%. El paro juvenil fue dramático. Ahí se empezó a acumular precariedad, economía sumergida y emigración interior. Los movimientos vecinales y sindicales, las protestas laborales y las huelgas generales, ocuparon portadas y páginas de prensa escrita durante mucho tiempo.


Una de esas páginas, la que aparece mi abuelo en 1985.


Situación: crisis laboral y ruptura con el Gobierno socialista, debido a las grandes expectativas sociales tras épocas pasadas y choque entre promesas y realidad económica. La ruptura simbólica fue el movimiento obrero contra un gobierno de ideología iquierdista. 


Durante esos años, además se materializó una crisis social urbana; vivienda, barrios y servicios básicos. Muchas ciudades tenían barrios sin servicios. Existía chabolismo, no habían suficientes equipamientos y la especulación urbana estaba en el orden del día. Gracias a ello, se generaron movimientos vecinales muy potentes, asociaciones de barrio, protestas por el transporte público, la sanidad y una educación de calidad. 


Mucho de lo que hasta hace unos años hemos disfrutado mi generación, ha sido gracias a todos esos movimientos sociales en masa de los años 80.


Luego llegaron las drogas. Una de las más duras; la heroína, que fue de las más devastadoras. Arrasó en los barrios obreros más afectados por la crisis, especialmente a los jóvenes sin futuro laboral. Muertes, familias rotas y miedo en las calles. 


Incluso se crearon movimientos vecinales de lucha activa contra el narcotráfico, asociaciones de madres por la pérdida de hijos caídos en las redes de la droga.


Recuerdo perfectamente un suceso que me ocurrió cuando apenas tenía 9 años. 


Principio de los años 90. Por motivos económicos y durante un tiempo, vivíamos en casa de mis abuelos en Cornellà de Llobregat, una ciudad que forma parte del área metropolitana de Barcelona. Mi abuelos maternos vivieron en uno de los barrios más humildes de esta ciudad. Uno de los barrios más afectados por todo lo que he expuesto en párrafos anteriores. 


Yo estaba en el baño para hacer mis necesidades. Ya me entiendes. El baño de mis abuelos era sencillo. Un rectángulo de tres metros de largo por dos metros de ancho, alicatado con baldosas blancas de 20 x 20 cm, compuesto por lavamanos, bidé, bañera e inodoro. Una pequeña ventana que ventilaba a un patinejo de respiración e instalaciones, que conectaba la cubierta del edificio con todas los baños de las viviendas hasta la planta baja. Mis abuelos vivían en el último piso. Por encima de éste, no había nada. Solo la cubierta.


Yo estaba ahí, sentado en el inodoro, esperando a que el colón hiciera su trabajo. De repente, un fuerte impacto rompió el cristal de la pequeña ventana, cayendo cientos de minúsculos cristales encima de mí. Me asusté, obviamente. De repente asomó un pie por ahí. Una voz joven pero rota decía cosas. No entendía nada de lo que decía, pero recuerdo que yo le pregunté qué hacía ahí. Me contestó que se había perdido… ya… claro.


Rápidamente avisé a mi abuelo. Éste a toda prisa vino al baño, pero no le dio tiempo a atrapar al personaje. Llamamos a la policía y en menos de cinco minutos se presentaron en casa. Se les dio acceso a la  cubierta del edificio pero nada. Según dijeron los agentes, era un drogadicto del barrio que trataba de entrar a casa de mis abuelos desesperado por robar y poder comprar droga. 


Eso me traumó bastante. Tanto, que tenía miedo de ir al colegio solo, incluso estando éste a menos de 500 metros de casa. Mi padre, que estaba en el paro, me acompañó durante unas semanas. 


Le vi la cara al tipo. Joven, máximo 20 años, delgado. Extra delgado. Con ropa sucia y rota, cabello rubio y largo, despeinado y con la piel curtida. Su rostro dejaba ver el problema que tenía con la heroína. Un día, yendo al cole con mi padre nos cruzamos al yonki. No le dije nada a mi padre por miedo al enfrentamiento. Yo lo miré. El yonki me miró también. Era imposible que se acordara de mi cara, pues iba drogadisimo ese día. Pero mi cara le resultó familiar. 


Nunca más pasó nada.


¿Te suena de algo toda esta historia?


Vivimos tiempos difíciles. Tiempos muy parecidos a los de los años 80. Si eres joven y lees esto, podrías estar pensando que es una historia de ficción basada en hechos reales de tiempos actuales. Paro, cambios sociales, crisis económica, crisis de vivienda, drogas…


Solo hay una única cosa diferente. Y no por ello menos relevante. La gente no se queja. La gente no sale a la calle a luchar por lo suyo.


Si te paras a pensar, las mayores manifestaciones en los últimos años en este país, han sido siempre por cuestiones nacionalistas o ideológicas. Es decir, por cuestiones que no hacen más que polarizar y separar a las personas. 


¿Hay paro juvenil? ¡No pasa nada! ¡Tengo Tik tok para evadirme y a mis padres para que me mantengan!


¿Nos estamos transformando en el mayor laboratorio, resort y vertedero de Europa? ¡No pasa nada! ¡Por lo menos no gobierna la ultraderecha!


¿Se estrellan trenes, se inundan ciudades y mientras el gobierno se tira mierda en el Congreso para decidir quién es el menos malo de todos los partidos políticos? ¡Ellos no tienen la culpa de accidentes y catástrofes!


¿Las ciudades están plagadas de narco pisos ocupados? ¡Déjalos! ¡La gente tiene que vivir de algo!


¿Tú dinero cada vez tiene menos valor y en consecuencia, la cesta de la compra cada vez es más cara? ¡Qué dramático! ¡Si no podemos comer proteína de calidad y verduras ecológicas, comeremos pasta y tomate frito!

¿Cada vez pagas más impuestos pero no se ve reflejado en la calidad de los servicios públicos? ¡Qué dices! ¡Si tenemos el mejor sistema sanitario del mundo!


Y así, podríamos estar horas.


Me duele aceptar que ya se ha perdido todo lo que consiguió mi abuelo, el tuyo y el de otros muchos con su lucha. Todo aquello que nosotros hemos podido disfrutar. 


Antes fabricábamos automóviles de calidad. Ahora lo hace China. Antes elaborábamos ropa y zapatos de calidad en nuestra tierra. Ahora lo hace Asia en general. Antes se producían en España alimentos de calidad y de prestigio mundial. En breve será Marruecos quien se lleve la cuota de mercado global. 


Estamos dormidos. ¿Para cuándo el gran despertar?


Hace un tiempo escuché esta frase: 


“Tiempos difíciles crean hombres fuertes.
Los hombres fuertes crean tiempos fáciles.
Los tiempos fáciles crean hombres débiles.
Y los hombres débiles crean tiempos difíciles.”


A mi me gustaría cambiar la palabra hombre por la palabra personas. Gente si se prefiere. Pues los cambios los producimos todas las personas conscientes y unidas. No importa el género. Tampoco la ideología. Importa el propósito común. 


Sé que es una frase reduccionista y metafórica, que simplifica la realidad sobre los procesos sociales complejos. No se trata de una ley escrita, pero el patrón se repite con demasiada frecuencia. Nuestros abuelos y abuelas fueron personas fuertes, que crearon tiempos fáciles. Nosotros somos personas débiles que vivimos en tiempos fáciles y que dejaremos tiempos difíciles.


¿Tú qué opinas?


Te leo y te respondo, ya lo sabes.


Hasta que te vuelva a escribir, sé feliz.


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