Esta entrada no tendría que existir. O al menos aparecer en otro contexto. No en este momento y por el motivo que la provoca.
Me hierve la sangre por muchas de las cosas que suceden en este país. Pero lo que pasó hace ya dos meses, es otra gota que colma aún más un vaso que lleva tiempo lleno.
Algo que la nueva guerra contra Irán y otros líos que EEUU tiene por el mundo, ha dejado enterrado en el subsuelo de la actualidad. Ahora te lo explico bien.
Desastres naturales, catástrofes globales, accidentes… son cosas que pueden ocurrir. A veces por errores humanos. Otras simplemente por el capricho de la naturaleza. Algunas se pueden prever. Otras evitar. Algunas dependen de decisiones de los de arriba.
Lo que sí se puede controlar debería ser algo innegociable en cualquier sistema democrático como el que vivimos: la correcta gestión del gasto público.
Por parte de los que gobiernan desde lujosos despachos privados, sentados en buenas y ergonómicas sillas de cuero caro.
Lo que pasó en España el 18 de enero (que ya se ha olvidado) no tiene nombre.
¿Cómo puede ser que en el año 202, en el supuesto primer mundo, mueran más de cuarenta personas (hasta la fecha de esta entrada) en un accidente ferroviario de alta velocidad?
Hasta el momento poco se sabe de verdad. Demasiadas hipótesis en los titulares de la prensa convencional.
Pero si el análisis de experimentados ingenieros cuenta, si se escucha la voz de los trabajadores del sistema ferroviario español con años de experiencia a sus espaldas, si se deja trabajar correctamente a las autoridades que investigan y, simplemente, se aplica el sentido común, podríamos encontrarnos no ante un accidente, sino ante algo mucho más grave.
No es ni medio normal que, ante semejante situación, quienes primero llegan al lugar de los hechos sean los vecinos del pueblo más cercano.
Ante la llamada de auxilio de cientos de víctimas atrapadas en varios vagones de los trenes implicados, quienes aparecen primero son la bondad y la generosidad de los conciudadanos del país. La empatía ciudadana.
No voy a entrar en las posibles causas, las posibles consecuencias ni en los posibles responsables. Ni soy experto ni pretendo serlo. Ya se verá que pasa.
Pero este terrible suceso no hace más que evidenciar, una vez más, el tipo de sistema que se supone nos gobierna por y para nuestro bienestar a golpe de talonario de dinero público.
Recordemos que en España, en los últimos años, han ocurrido multitud de sucesos graves o muy graves con implicación directa, de un modo u otro del propio Estado sin que haya habido consecuencias para aquellos grupos de poder a los que se les podrían atribuir responsabilidades.
Nada de nada.
Lo más triste, es que la propia sociedad, polarizada como nunca antes, tampoco hace nada.
Me quedo estupefacto al ver en mis compañeros de trabajo una ausencia total de empatía hacia lo ocurrido en enero y las personas que, desgraciadamente, ya no están aquí.
Sí, comentaron lo que ha pasado con el de al lado. Pero con la misma emoción con la que se comenta un partido de fútbol entre el último y el penúltimo equipo de la Liga Nacional de Myanmar. Te lo puedes imaginar.
Un fuerte abrazo para todas las familias de esas personas que ya no están presentes en el plano físico, pero que siempre permanecerán en el corazón de sus familiares y seres cercanos.
Lo grave del asunto no es que la gente no empatice con las muertes humanas. Está claro y demostrado que las personas solo sufren verdadero dolor por la pérdida de sus seres más próximos. Eso no es malo. Tampoco es bueno. Simplemente es humano.
Pero si en algún momento todas las teorías que ahora están sobre la mesa acerca del accidente -por ejemplo, falta de mantenimiento o de inversión, algo que sería muy grave después de la pasta que se lleva Adif anualmente- se confirman, la gente, por lo general, se quedaría igual que si no hubiera pasado nada.
Y es que esta sociedad española va en modo automático. Y los gobernantes no aprenden de nada y se aprovechan de la coyuntura.
La gota fría de Valencia. Fallecidos, desaparecidos, daños incalculables y, a día de hoy, todo sigue igual. El Estado sale de rositas.
La gestión de la pandemia por Covid-19. Miles y miles de fallecidos, daños físicos y emocionales irreparables en la población, barbaridades vividas en residencias de mayores y, a día de hoy, todo sigue igual. El Estado sale de rositas.
Apagones, terremotos, volcanes, inundaciones, sequías, vertidos químicos, vertidos petrolíferos, accidentes aéreos, ferroviarios… y un largo etcétera.
Todo tiene algo en común: un punto de fuga.
Es el pueblo que ayuda al pueblo, mano a mano, desde el minuto uno. A diferencia del Estado, que siempre aparece al final.
El terremoto de Murcia ocurrió hace la tira de años. Siguen apreciándose secuelas en Lorca y ciudades limítrofes afectadas.
El volcán de La Palma todavía tiene a personas viviendo en casetas de obra.
Y el Estado, mientras tanto, batiendo récord tras récord en recaudación. Sin embargo, los servicios públicos cada vez son más patéticos. Y el Estado como tal, no es el único que se lleva el top one del podium.
Yo que he estado en el servicio público por veinte años (se dice pronto) he visto la involución del mismo. En mi experiencia en el ámbito local. La decadencia es obvia y nadie que esté dentro lo puede negar. Los de fuera, que también lo sufren indirectamente, ni te cuento.
¿Conoces a alguien que tenga una buena opinión del sistema sanitario público, principalmente en la atención primaria y/o urgencias?
¿Sabes de alguien que no haya sufrido el abuso por parte de la Agencia Tributaria?
¿Conoces a alguien que no haya sufrido el deplorable trato por parte de la Tesorería General de la Seguridad Social o el Servicio Público de Empleo Estatal?
¿Hablamos de lo mal que está organizado el sistema de citas en la Dirección General de Tráfico?
¿Y la justicia? ¿Es tan veloz como el AVE, verdad?
Es que podría citar tantos ejemplos que no acabaría ni el año que viene.
Eso sí, el sistema de recaudación funciona de puta madre. La Agencia Tributaria tiene soporte digital de última generación para la recaudación de impuestos. También ocurre en las diferentes administraciones públicas que quieren nuestra pasta para destinarla al “gasto público”.
No se salva ni el tato aquí.
¿Cómo va a haber dinero para indemnizar, reconstruir, ayudar, sufragar, reparar, mantener o invertir si primero hay que mantener todas las estructuras públicas del país y mantener a tantas personas y empresas implicadas?
Cuando estudiaba contabilidad, te explicaban que en el balance de situación lo que estaba más arriba en la columna del debe, era lo menos líquido. Por contra, lo que estaba más abajo era lo más líquido. Siendo lo más líquido el dinero en efectivo (hasta que se lo peten) y menos líquido, por ejemplo, una solar.
En la columna del haber, lo más líquido eran, por ejemplo, los proveedores, y lo menos líquido, las deudas a largo plazo, entre otras.
El profesor siempre marcaba en mayúscula que, en caso de concurso, la empresa lo primero que debía atender con el debe líquido era el haber líquido. Es decir, lo primero que se pagaba en caso de cierre eran los proveedores y los pagos con las diferentes administraciones.
Sin embargo, las administraciones públicas actúan al revés, a pesar de basarse en el mismo sistema económico-contable. Cuando tienen que comprometerse con el ciudadano -cosa que es obligatoria y la propia razón de ser de la administración- es lo último en lo que actúan.
Y cómo hay pocas administraciones en España…
Uno de los países de la Unión Europea con más estructuras públicas de los 27 estados miembros.
Te lo cuento por si no lo sabes.
España, a nivel de estructura pública, empieza en el AGE (Administración General del Estado). Ahí tenemos al Gobierno, con su presidente, sus ministros, secretario de estado, delegaciones y subdelegaciones del Gobierno en comunidades autónomas y provincias.
Cada estructura con sus miles de asesores, funcionarios y otros empleados públicos. Así como empresas contratadas, empresas públicas, empresas público-privadas, edificios institucionales, patrimonio, etcétera.
Ahí dentro encuentras lo típico: defensa, seguridad social, hacienda, infraestructuras… y otros más que ya conoces.
Un escalón por debajo del sistema piramidal público están las administraciones autonómicas Diecisiete para ser exactos, más dos ciudades autónomas.
Dentro de esta subestructura se encuentra el propio gobierno de la comunidad; Generalitat, Junta, Gobierno Vasco, etcétera, con sus consejerías y organismos públicos autonómicos.
Sus competencias son la sanidad, la educación, la vivienda y las políticas autonómicas, entre otras.
Es que es para reírse…
Una capa por debajo en la pirámide están las administraciones provinciales: diputaciones, cabildos y consejos insulares principalmente.
Supuestamente coordinan y asisten a pueblos pequeños. Muchos pueblos que, aún siendo pequeños, tienen su propia administración local. No te lo pierdas.
En las diputaciones están los diputados y las diputadas, los correspondientes asesores y miles de personas trabajando. Así como miles de posesiones patrimoniales.
Muchas veces pasa que el alcalde del pueblo X es diputado en una diputación Y. Evidentemente también cobra pasta por tener dos cargos.
Y tres…
¡Un no parar!
Por debajo de este nivel y casi al final de la pirámide del sistema público, encontramos las administraciones locales: los ayuntamientos.
Con el alcalde, el pleno municipal y la junta de gobierno local formada por las concejalías.
También con sus empleados públicos, becarios, profesionales independientes contratados por capítulo 2, empresas privadas de servicios, empresas públicas y asesores políticos, claro está.
Se encargan del urbanismo, las basuras, la policía local… los servicios básicos de un municipio.
No sé si ocurre en otras comunidades autónomas, pero en Catalunya, entre las diputaciones y los ayuntamientos existen dos capas más de administraciones públicas.
Son los consejos comarcales y, en algunos lugares, mancomunidades de municipios y entidades similares.
También con sus correspondientes políticos, asesores, patrimonio, funcionarios, otros empleados públicos, empresas públicas y chiringuitos varios.
Debajo de todo esto, en la base de la pirámide de toda la megaestructura, quien sostiene todo el tinglado son los contribuyentes.
Es decir, todos los que aportamos con nuestros impuestos a las distintas arcas públicas que te he detallado anteriormente.
Por el medio de todo, siempre mezclado y a veces camuflado, encontramos organismos autónomos, entidades públicas, agencias públicas, consorcios, fundaciones públicas.
Incluso en Barcelona (Catalunya siempre se lleva lo mejorcito) tenemos el Área Metropolitana de Barcelona.
Telita.
Cómo puedes ver, el Estado es su propio Caballo de Troya.
Igual que ocurre con muchas ONG, donde una gran parte de sus ingresos se destinan al mantenimiento de su propia estructura.
Lo mismo sucede con los sindicatos. También hay que dales de comer a parte.
Fíjate.
Una gran base llena de contribuyentes sostiene una súper estructura que se va reduciendo conforme se sube hacia la cúspide.
Una figura arquitectónica tridimensional perfecta que, como se ha demostrado en Egipto, ha permanecido durante miles de años sin caerse.
La diferencia es que la pirámide de lo público, tarde o temprano (más temprano que tarde), caerá.
Existe un ejemplo que me gusta mucho y ya habrás leído en otra ocasión si formas parte de la Comunidad.
El Estado es para la ciudadanía como la hiedra lo es para el roble.
Un “parásito” (con matices).
Seguramente no te hayas fijado -o sí-, pero si paseas por un bosque donde haya robles que conviven con otras especies arbóreas, verás que el roble, especialmente, tiene alrededor de su tronco y de sus ramas estructurales una hiedra que casi lo cubre por completo.
En ocasiones ni siquiera se aprecia la madera del pobre árbol.
No son plantas parasitarias como tal que vivan del huésped sin acabar con él. La hiedra se nutre del suelo y utiliza al árbol para anclarse, trepar y mantenerse estable, robándole incluso la luz solar.
Luz solar = vida.
Exactamente como las diferentes administraciones públicas viven de nosotros.
No nos succionan todo lo que podrían para dejarnos completamente secos, pero pivotan sobre nuestro trabajo para mantenerse ahí indefinidamente.
La hiedra se aprovecha del roble mediante ventosas y ganchos biológicos.
La administración lo hace mediante impuestos directos e indirectos, multas, regularizaciones, tasas, contribuciones especiales, precios públicos, cotizaciones y decenas de instrumentos más que seguramente te afectan y ni siquiera conoces.
Olvídate de pagar. Verás qué sucede.
Como seas mínimamente solvente y formes parte del sistema, no te escaparás de él ni de puta coña.
Siempre que ocurre algo gordo dónde el Estado debería hacerse valer por todo lo que pagamos, desaparece.
Cuándo hubo el apagón, en algunos municipios duró más de un día. Ya empezaba a hacer calor. Sin energía, miles de toneladas de alimentos y bebidas se fueron a tomar por el culo porque neveras y congeladores dejaron de funcionar.
¿A algún hooligan del lobby de la sostenibilidad y del medio ambiente le importó una mierda esto?
¿Alguien se hizo responsable de indemnizar a las personas que sufrimos pérdidas por nuestros alimentos o por electrodomésticos estropeados?
Sí, se hizo cargo la compañía de seguros… si la tienes. Y si tienes este concepto contratado en la póliza. Pero el seguro lo pagas tú. Así que al final, nadie se hizo responsable más que tú.
Y en este país, como se ha podido ver en las grandes catástrofes o accidentes, quien acaba haciéndose responsable de lo que pasa es uno mismo.
A pesar de pagar, pagar y pagar.
Díselo a los de la dana, a los del volcán y los del terremoto.
El sistema público tiene entre 300 y 400 figuras distintas de recaudación.
Las “excusas” recaudatorias con esas 350 figuras aproximadamente suelen justificarse con narrativas recurrentes: mejorar el servicio público, redistribución, argumentos ambientales, la excusa europea, excusa coyuntural, excusa moral…
¿Cuántas “excusas” hay entonces?
Entre seis y ocho grandes narrativas justificativas para recaudar más, en cualquier nivel de la administración.
España recauda con las mismas herramientas de siempre, pero las justifica de muchas maneras para hacerlo complejo y que parezcan lógicas y necesarias.
Lo del accidente ferroviario de Adamuz estaría dentro de la excusa de mejorar el servicio público.
Pero cuando se llegue a saber la verdad verdadera -y no la que se acepte como verdad oficial, si es que algún día se llega a saber algo- se podrá comprobar que todas las excusas, como tantas otras veces, son una auténtica mierda.
Con este post, estoy rozando los límites del nuevo paradigma legal de lo que es delito de odio o es honesta y libre expresión.
No compartas. No des like.
Pero suscríbete. Puedes hacerlo ahí arribar.
“Todo mi amor a las víctimas de Adamuz. No os olvido”.
Hasta que te vuelva a escribir, sé feliz.

